La yesca de Tinder

Si bien la yesca ha de estar bien seca para que arda fácilmente, en Tinder hay abunda otro estado de la materia que prende cual queroseno. Cuando creía haber visto de todo por Internet, entre la carnicería de Badoo con sus tribus o el postureo de Adoptauntio, aparece Tinder para demostrar que todo siempre se puede simplificar más y también enfriar, a pesar de utilizar una llama por logotipo.

La primera impresión nada más registrarme es que es una red social —por ser fino— repleta de caras bonitas ansiosas por conocer gente y orientada para personas que se rigen por la ley del mínimo esfuerzo. Unas fotos, que por defecto cogerá de Facebook; una descripción, que al principio creerás que alguien se molestará en leer; y otros detalles como la edad, empleo y formación. Obligatorio será una edad. Además, también tendrá en cuenta los contactos comunes de Facebook y la afinidad compartida por páginas marcadas como «me gusta». Y a deslizar perfiles a izquierda o derecha. Pensarás que qué sencillo ha sido todo y estarás en lo cierto, salvo por si quieres tener muchas coincidencias o matches.

Pero como patitos feos que somos […] (continuar leyendo)

La calculina

Entre los muchos dichos populares que hay acerca de la pareja que una persona debe buscar hay uno que reza «que no sea más lista/o que tú». Pero tanto si se acaba con alguien más listo o más tonto que, otro detalle importante es que no se pase dándole a la neurona, que no piense demasiado, que no sea una calculina.

La calculina es fácil de distinguir porque le da vueltas a todo. Si bien es cierto que tiene una especial predilección por darle vueltas a la relación de una manera parecida a como hace la posesiva, no sólo la verá desde el punto de vista de la propiedad, sino también de evaluar cada uno de tus movimientos.

La calculina, de manera semejante a una máquina de cálculo que trabaje con modelos meteorológicos, […] (continuar leyendo)

El rodagallo

Con el cierre del bar Valencia, mis camaradas y yo quedamos huérfanos de cocina típica y plato contundente. Estuvimos mariposeando por varios lugares con menú diario y de mayor clientela, servicio de lo más variado y sobre todo peor cocina. Decepción tras decepción hubo una que nos sorprendió porque lo peor no era la comida en sí.

Lo primero que nos pareció fuera de lo esperable fueron los camareros. Es habitual que en todas las profesiones haya gente pa to. Pero suele estar distribuida y no concentrada en un solo bar. Era la manera de hablar, de intentar hacerse entender, de reaccionar, de caminar,.. Con esto ya hubo quien se atrevió con una hipótesis que expresó, palabras textuales, sutilmente: «estos camareros tienen que haber ido al mismo colegio de educación especial».

Lo segundo que nos pareció fuera de lo admisible fue tomar al cliente por mentecato. Cuando se come de menú diario suele […] (continuar leyendo)

Bandadas de Twitter

A veces lo llamo el pajarito azul y otras el pajarraco azul. Según los motivos que me dé. Prefiero ser neutral y dejarlo en pájaro o sencillamente en el nombre comercial del que dicho pájaro es logotipo: Twitter.

Me hice una cuenta a finales de 2008, motivado por una promoción del registrador de dominios NameCheap. A pesar de que a comienzos de ese año le estuve dando vueltas pero no acaba de encontrarlo útil —nunca he sido un visionario—, en estos más de tres años he acabado por encontrarle provecho. Sobre todo a raíz de venirme a Madrid. Ciudad de la que a través de Twitter he recibido buenos consejos, ideas, alguna amistad y hasta gente interesada o maleducada. Porque en Twitter, como en todos sitios, en Badoo, y en lo que fue el messenger «hay gente pa tó» —sea de quién sea la expresión.

El fuerte crecimiento de Twitter vino gracias al uso por parte de los famosos. Una vía sencilla y directa de comunicación con su público. Normalmente sólo en vía descendente, de famoso a fan. Unas veces tan bien usada para hacer publicidad y otras tan desafortunada para meter la pata, o bien hacer una campaña publicitaria sin importar el honor ni el qué dirán mientras se hable de ello. […] (continuar leyendo)

Criticarse el ombligo

Noche de fin de semana. Un bar cualquiera. Un pequeño grupo de personas tomando algo. Entre ellas, las hay que son amigos de hace años y también quienes se acaban de conocer por compartir amistades, pero todas tienen en común que son de fuera de la ciudad en la que están por razones de trabajo.

Hace aparición la pregunta habitual de «a qué te dedicas» y a continuación otra nunca antes escuchada: «¿y no te da pena?». Dudas entre dar una respuesta a la cartagenera, con la retranca que la talla merece, o disimular que te ha sentado como un tiro y ser diplomático. Ni que lo hubieras explicado entre lágrimas o enfadado. Finalmente, y para que no se diga luego de la mala leche cartagenera, eres cortés.

Sin embargo, un rato después recibes por la antena derecha una conversación sobre a lo que se dedica quien te ha hecho la pregunta de antes. […] (continuar leyendo)

Más de hacer y menos de decir

Este pasado fin de semana fue de los de hacer de todo un poco y parar aún menos. Pero a raíz de tertulia asiático en mano, dilucidar en la cafetería del tren, unos cuantos tuits y leer los siempre directos artículos de Lola Gracia (como el Corazón cínico) le he estado dando vueltas a lo que antes era perder el sentido por alguien y a lo que es ahora. A que como leí en un azulejo en casa de un amigo «para torear y casarse hay que arrimarse».

Los que no lo vivieron quizás nunca lo sepan y los que sí lo hicimos no lo repitamos, pero hasta no hace tanto hubo un tiempo en el que éramos más de hacer y menos de decir. Más de imaginar con la ilusión de que convirtiese en plan y menos de fantasear y olvidar al pulsar un botón.

El valor y el riesgo podían empezar llamando al número de teléfono de la casa de una chica y descolgándolo su padre, interrogándote la madre […] (continuar leyendo)

Donde acaba tu libertad

Empieza la mía. En ese preciso sitio es donde acaba tu libertad. Porque lo digo yo. Y me da igual si lo dictamina un juez —mangoneado o no por el poder político—, un mediador, el patriarca o incluso mi santa madre.

Si mañana te coloco en la portada de alguna revista en cueros y dándole al fornicio con tu señora, que sepas que estoy en mi derecho de la libertad de dibujar y publicar.

Si convoco a unos periodistas —imprescindible que lleven cámaras— y le meto fuego a tus fotos y grito muerte a tu nombre completo, que sepas que estoy en mi derecho de la libertad de uso del mechero.

Si vas por la calle y te lanzo unas tartas, o si te llamo de madrugada amenazándote o si te bombardeo el móvil con injurias —siempre y cuando no seas mujer— que sepas que estoy en mi derecho de la libertad de gastar bromas.

Si se te ocurre reaccionar a los tartazos y me atacas las partes nobles con la punta de los tacones, que sepas que estoy en mi derecho de la libertad de pedir que te apliquen el garrote vil en público porque has puesto en peligro mi futuro como padre.

Si […] (continuar leyendo)