Móvil en mano

No has atravesado la puerta de salida del trabajo y ya lo llevas en la mano. Estás mirando su pantalla de refilón a la par que te despides de la gente. Es tu teléfono móvil, o lo que queda de ese concepto detrás de una pantalla enorme repleta de iconos de un montón de aplicaciones sin las que ya no eres consciente de que la vida sigue.

Centrado en ir avisando de que te vas a retrasar, porque ya es normal llegar tarde mientras lo anuncies en las redes sociales, vas cruzando calles. Rara vez respetas ya los pasos de cebra, pero hoy casualmente has parado en uno hasta que un vehículo se ha detenido, cuyo conductor va pendiente de cuándo fue la última conexión de WhatsApp de la chica que le da calabazas.

Camino de la boca de Metro más cercana, ves un cajero que te recuerda que aún hay negocios que se mueven en metálico. Has tenido suerte de darte cuenta en uno de tus escasos alzamientos de la vista. Mientras retiras efectivo tienes debajo a alguien que empieza a intentar acondicionar como buenamente puede lo que hoy va a volver a ser su dormitorio, con suerte. Quizás ayer ya estaba lleno cuando llegó y se quedó sin techo bajo el que meter los cartones que para él forman una cama. Apenas le miras y dedicas una décima de segundo a pensar «pobre gente» a la vez que te marchas sin más hacia el suburbano.

Bajas las escaleras y te metes por los túneles de manera automática. Podrían perfectamente haber cambiado los carteles que ni te habrías dado cuenta, porque vas muy centrado en leer el último artículo del gurú de turno del perroflautismo. Cuando llega el convoy te montas y te sientas donde primero ves. Ni te das cuenta de que detrás de ti va una señora mayor con bastón cuyo maquillaje no puede disimular que la espera eterna para sus prótesis de rodilla la está matando. Tú a lo tuyo y a cotillear un rato las fotos de Facebook antes de echarte una partida al Angry Birds, a ver si la nueva novia de fulanito está tan de buen ver como te han comentado por un grupo de WhatsApp.

Entre interrupciones de tu partida al juego por las quejas del único que ha sido puntual de los que habéis quedado, el metro llega a la parada que te interesa. La megafonía está averiada, para variar, pero a ti no te hace falta. Como si fueras el ciego que llevas enfrente, te bajas y caminas hacia la superficie. Aprovechas la situación para demostrar la gran habilidad que has desarrollado de subir andando las escaleras mecánicas trasteando el móvil con la mano, cuyo codo le vas clavando a todo el que queda a tu derecha.

Ya están por fin de nuevo en la calle y esquivas a un pidepide mientras se abre el Google Maps para hacerte a la idea de dónde está el lugar en el que habéis quedado. No sabrías responder si a quien casi acabas de pisar es siquiera un adulto o un niño. Pero sí que te das cuenta de una hoja de periódico por el suelo con la foto del Presidente del Gobierno a cuya madre culpas de todo.

Te pegas una caminata entre callejuelas que adornas tirando tu colilla al suelo y por fin llegas a donde están tus amigos. Le pedís unos tercios de cerveza a la camarera china que vive las veinticuatro horas entre ese bar y la tienda de al lado, en donde tiene a su crío de 14 años al tanto, y os ponéis a intentar resolver los problemas de la sociedad desde la silla y móvil en mano. Quejándote de que te retienen un veintipico porciento de IRPF y creyente defensor de los pobres mientras has pasado de largo de todos los que te acabas de cruzar. Y así vamos.

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