Gorilas de monosílabas

Si es nuestra noche de suerte puede que topemos con alguno que sepa componer una frase de tres palabras, «cadné te itentitat» o «tu no pasar» —sin tanta suerte esta última—, pero normalmente sólo saben expresarse con palabras sueltas de una sola sílaba y unos pocos gestos. Un buen sablazo de entrada para de primeras econtrarnos con ellos, sus miradas perdidas y modales que demuestran la teoría de la evolución. Da lo mismo el hemisferio del que vengan. En otros lugares se les consideraría y harían de porteros, pero en el mundo de la noche suelen ser como un grupo de gorilas.

Con el comienzo del verano también empieza el peculiar agosto para montones de sitios de fiesta que abren con motivo de la estación estival. Cuatro artículos de mobiliario de IKEA, un par de trapos o sábanas rotas, otro par de letrinas sin papel, una docena de velas dispersas por las esquinas, bebidas, un par de reparte-flyers llamados relaciones públicas y una cuadrilla de camareros a los que ante todo se les exige peinados estilosos y ropa ajustada que cuanto más enseñe mejor, sin importar lo lentos que sean, y por supuesto otra cuadrilla, a veces jauría, de porteros. Todo eso junto con unas licencias municipales a veces a medio tramitar y un ordenador conectado a un equipo de sonido es más que suficiente para montar un local de fiesta para el verano por cuya entrada nos cobran lo que por cenar en un bar normal, aunque los currantes ganen menos que los del bar.

Pero volvamos a los gorilas dado el caso. Según el caché del lugar pueden ir todos uniformados de negro, con camiseta que por supuesto resalte la musculatura en la que algunos han confiado su inversión de futuro, o bien cada uno a su aire con cómo mejor se le ocurra cuando el par de neuronas hacen chispa. Si el grupo es poco numeroso suelen ser todos muy musculosos, pero si de lo contrario son más pues ya aumenta la variedad, desde el canijo observador a la mole que sólo tiene capacidad de obedecer. De manera similar su distribución varía a lo largo de la noche, desde los que se quedan perpetuos en la puerta con brazos cruzados y gesto inmóvil como si tuvieran sobredosis de Botox hasta los que se pasan la noche recorriéndose los rincones metiendo los hombros y pisando a la gente para que se note que ha llegado la ley de la jungla. Sin embargo luego por lo que su profesionalidad más se caracteriza es por el poco conocimiento de español y escaso margen de tolerancia en el caso de que sean extranjeros. Lejos de ser señores que dialogan y llegado el caso usan la fuerza, ellos obran al revés. Y eso sí, si le quieres partir la cara a otro cliente en la puerta del local pues tú mismo, pero cuidado con apoyarte en un Mercedes destartalado con matrícula lituana que haya cerca de la entrada.

Pero no pasa nada. Un verano más volveremos a pagar precios leoninos por acceder a locales que reflejan claramente el objetivo de una empresa: ganar lo máximo posible gastando lo mínimo necesario.

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