Criticarse el ombligo

Noche de fin de semana. Un bar cualquiera. Un pequeño grupo de personas tomando algo. Entre ellas, las hay que son amigos de hace años y también quienes se acaban de conocer por compartir amistades, pero todas tienen en común que son de fuera de la ciudad en la que están por razones de trabajo.

Hace aparición la pregunta habitual de «a qué te dedicas» y a continuación otra nunca antes escuchada: «¿y no te da pena?». Dudas entre dar una respuesta a la cartagenera, con la retranca que la talla merece, o disimular que te ha sentado como un tiro y ser diplomático. Ni que lo hubieras explicado entre lágrimas o enfadado. Finalmente, y para que no se diga luego de la mala leche cartagenera, eres cortés.

Sin embargo, un rato después recibes por la antena derecha una conversación sobre a lo que se dedica quien te ha hecho la pregunta de antes. Para sorpresa tuya, echa más horas que un reloj en una conocida cárnica, famosa entre otras cosas por importarle un pimiento que eches más de lo establecido en tu contrato y no darte ni vacaciones a cambio. Y la mala lechesica te vuelve a tentar, pero te callas.

Esta anécdota es por desgracia muy habitual en estos días. Se nos suele olvidar, pero es toda una suerte encontrar trabajo, que te guste y sentirte a gusto. Yo mismo, reconozco que en parte motivado por la pregunta estúpida que recibí, me sentí por encima de aquella persona, mejor que ella. Y eso, pensado a toro pasado, no me parece bien.

De igual modo, tampoco me parece bien sentirse por encima y/o criticar a quien trabaja para el gobierno como si fuera un parásito que no da palo al agua y se pasa el día jugando a las cartas; ni a quien le regulan el cómo ir vestido a su puesto; ni a quien trabaja lento; ni a quien es tímido; ni a quien se pone nervioso cuando le dan responsabilidad; ni a quien tiene menos o ningunos estudios; ni a quien trabaja en el bancal; ni a quien trabaja encerrado en un casillero; ni a quien lleva varios años de becario; ni a quien es menos inteligente ni a nadie que se gane la vida de una manera digna.

Tenemos que mirarnos más el ombligo con ojo crítico, el nuestro, para mejorar día a día. No para criticar a quien ha alcanzado lo que nosotros no hemos podido/querido o quien ha tenido que meterse a lo primero que ha pillado. Menos filosofar sobre los demás y más sobre nosotros mismos, nuestras excusas, nuestros errores. Que nadie es perfecto.

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