Los malvados conductores

Es posible que usted o algún allegado suyo nos conozca. Acababa de salir de misa e iba prometiéndome —a patita— ser bueno al menos por una hora. Pero al volver a ver casi terminada la siguiente fase de obras en la calle de Juan Fernández se me ha a estropeado de nuevo el buen propósito. Otro gasto por gastar.

Para el Excelentísimo de Cartagena y casi cualquier otro semejante de España debemos de ser sus enemigos públicos números uno. Calles que no estaban tan mal no cesan de ser levantadas y volver a ser acondicionadas. Porque para levantar toda una acera por una sola baldosa rota sí sobran los cuartos. Aceras van y aceras vienen, árboles van y árboles vienen. Algunos no llevan plantados ni diez años. A veces con ello se logra que cambien las cuatro farolas con luz cual vela por otras que alumbren más y por menos dinero —esto último es lo que dicen los políticos. Pero la línea actual es dejar unas aceras tres veces más anchas y fastidiar todo lo posible la vida al que se atreva a conducir un vehículo de cuatro o más ruedas.

Donde antes se podía aparcar en batería las autoridades lo van convirtiendo en cordón, a ser posible con la O.R.A (Ordenanza Recaudatoria Abusiva). Donde antes era en cordón ahora nos fastidiamos y aparcamos en aparcamiento de pago o a tomar por donde la espalda pierde su nombre. Y ancha es Cartagena, Castilla y la cuenta corriente de cada ayuntamiento, porque además de todo esto el llamado sello del coche también lo aumentan cada vez que pueden. Que por cierto no sé para qué sirve, si cobran impuesto de matriculación, el IVA de la propia compra, la ITV, por aparcar en casi cualquier sitio y de regalo tratan de concienciar a la población de que seamos repudiados. Tanda medida sacaperras recaudatoria a la par que cada año aumentan el número de coches en funcionamiento y me sospecho que también el de oficiales. Caracterizados estos últimos por su gran tamaño acorde a su cilindrada y el consumo que han de acarrear, con la consiguiente contaminación a pesar de que todas estas altas esferas quieren ser tan verdes. Tan chachipirulis, rozando las prácticas de los sandíos, esos que llegan en el todoterreno con la humareda al grito de «quieto que esto es nuestro y vais a contaminarlo».

Pero como se acercan las elecciones municipales es lo que toca. Deprisa se acabarán por arte de magia las mil y una obras que los ayuntamientos llevan en marcha desde los comienzos de la legislatura. Ya saben, cosas de alta precisión como tapar baches, cambiar unas farolas y limpiar las cuatro fuentes que tenemos. Que los manchegos las puedan ver bien desde la avioneta para tener con qué criticarnos. Cosas de cuya existencia sólo se acuerdan cuando se acercan comicios o alguna empresa amiga se ha quedado sin trabajo.

En fin, ya saben, tengan mucho cuidado con nosotros que los fitipaldis frustrados ya sólo son un peligro del tres al cuarto comparado con la mayoría que componemos el resto. Únanse a la causa de cada ayuntamiento por hacernos la vida lo más imposible posible.

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