No sé si en vuestra casa os habrá pasado, que al cabo de diez años o así habéis podido cambiar de teléfono inalámbrico cuatro veces. Siempre en lo primero que pensamos es en que si es que nos salió malo, que se habrá llevado algún golpe, que la corriente eléctrica de casa es inestable, que la batería se ha estropeado… Y ahí está uno de los mayores problemas: la batería.
Antes las solían llevar de níquel cadmio —Ni-Cd— y ahora de níquel e hidruro metálico —NiMH—, que son mejores, pero si no se cuidan también se estropean pronto. Hay discusiones entre los expertos por si las segundas no tienen efecto memoria como las primeras, porque unos dicen que sí y otros que no —eso se lo dejo a mis amigos industriales 😛 . Pero lo cierto es que ambas tienen su cantidad aproximada de ciclos, por lo que cuantas más veces se vayan cargando menos tiempo les quedará de funcionamiento. Es así. Todas las cosas envejecen y las baterías también. En los manuales nunca suelen decir nada al respecto de estas cosas, como el del terminal de la foto que yo mismo he comprobado detenidamente. 😕
Por ello resulta que cuantas menos veces carguemos el teléfono inalámbrico, más iremos prologando la vida de la batería. Me explico. Si cogemos el teléfono de la base y los tenemos fuera de ella hasta que su batería esté baja, pueden pasar unas horas, un día, dos días,.. Depende del uso y de la capacidad de la batería, claro está. Pero el teléfono tardará seguro más tiempo en volver a la base a cargarse que si hacemos como la gente típicamente funciona: lo cogemos, hablamos y lo volvemos a poner cargando. Es decir, que poniéndolo sólo en la base para que se cargue podemos tenerlo cuatro días —por ejemplo— con una sola carga, mientras que de la otra manera se está recargando a cada momento, agotando ciclos de carga.
Y aquí también es cuando entra en juego el asunto del efecto memoria antes mencionado […] (continuar leyendo)