Para trabajar también hay que arrimarse

Te advierto, estimado lector, que esta reflexión con hechos reales te puede sentar como un tiro en los cataplines. Sobre todo si te das por aludido. Pero que también conste en acta que no comparto el ansia que tienen algunas organizaciones de dudosa finalidad en que se restablezca la esclavitud. Por si hubiera duda alguna.

En el último año he podido ver algunos ejemplos cercanos de lo que es buscarse la vida y de lo que es sentarse a esperar. Soy el primero en entender que si se han invertido muchos años en una formación específica, pues a priori se quiere dar uso a sus conocimientos para ganarse las habichuelas. Y que incluso existe el frustrante y no menos habitual caso de gente que tras dedicar toda una vida a una profesión, se ha visto sin trabajo y a duras penas va a ser contratada para desempeñar otra labor que alguien joven y recién salido del horno también querrá cumplir. Sin embargo a los que yo me refiero no son tan mayores, ni están tan encasillados en una profesión. Hasta puede que no hayan trabajado aún.

He sido testigo de gente que tras acabar sus estudios se ha apalancado en casa de los padres a renegar de que nadie le daba trabajo. Sin entrar ya en los que están parados y a la pregunta de cómo les va la búsqueda de empleo responden: «hasta que no se me acabe el paro a mi que no me llamen». Sumidos en una indignación de la que tratan de convencer al resto. Limitando su cerco de ofertas de trabajo a un radio de unos 50Km como máximo. Pero por gusto. Sin novia, ni mujer, ni hijos ni personas dependientes a su cargo. Porque no le da la gana de mover las posaderas del cómodo asiento de la casa de los padres. Y a pesar de que al principio a mi me parecía mala suerte, una situación fruto de la crisis económica, con el tiempo me fui dando cuenta de que esta gente se cerraba en banda ella misma. Sobre todo el día que le hablé de que donde trabajo buscaban a más gente.

En donde trabajo tuvo lugar una búsqueda de personal. Ofertas por Internet y también el boca en boca de nosotros fueron las herramientas para darla a conocer. Se lo dije a mis amigos que están parados y sin olvidar a alguno que otro cuya empresa anda en la cuerda floja. Y ninguno respondió de manera afirmativa. Excusa con excusa. ¿El motivo? Ninguno. Habría aceptado un «no me gusta el sector» e incluso puede que hasta un «quiero mucho a mi mamá». Pensé que es que a lo mejor fue una mera coincidencia de que mi conjunto de amigos jóvenes y parados, sin familias que mantener, que siempre se está quejando de que nadie le da empleo, es una agrupación aislada. Pero no.

En dicha oferta se inscribieron más de doscientas personas en cuestión de días. De ellas, se les envió un ejercicio práctico a unas setenta. Más de saber buscarse la vida y no rendirse que de conocimientos. De estas setenta contestaron en total, sin diferenciar si el resultado era correcto o no, en torno a unas 12. Poco más del 17%. Y añadiré que en ese bajo porcentaje había incluso quien nunca había desempeñado ninguna labor con ninguno de los conocimientos requeridos, sin estudios en la materia, pero que le echó ganas y lo intentó hasta el final, entrevista incluida.

De manera que en España, aunque las cifras oficiales indiquen que hay entre cinco y seis millones de parados, me gustaría que hubiera otras de la gente que en realidad no tiene ningún tipo de trabajo —en negro tampoco— y que de verdad lo busca. Que no dudo que será una cifra alta, pero yo ya he visto que hay mucho quejica que se monta su propia película y encima se la creen.

«Parar torear y casarse hay que arrimarse». Para trabajar también.

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