El Valencia

No era el mejor bar, pero era un buen bar. «Bar Valencia». De los familiares, de clientela habitual, de trato personalizado, de distancias medidas, de servicio rápido y sobre todo de comida como en casa.

Hace casi dos años que mis por aquel entonces nuevos compañeros me invitaron a irme con ellos a la hora de comer. Que iba a comer genial, me decían, y tuvieron más razón que un santo. Me adentraron por las calles del barrio hasta llegar a un bar que hacía picoesquina. Entramos directos al fondo, hacia un pequeño comedor, como si el lugar donde sentarnos estuviera escriturado a nombre y apellidos del ahora amigo de La Senda del Crecimiento. Una estancia presidida por una pizarra que durante tantas semanas anunciaría cuatro primeros platos, cuatro segundos y una variedad de postres adaptada a la época del año. Todos culpables de que al tiempo mi señora madre me dijese «te noto la cara más ancha».

Cada día solía tener algún que otro plato propio. Los lunes por ejemplo, con el cocido madrileño. Un primero lleno de sopa con fideos, ardiendo hasta el borde del plato. Un segundo repleto de garbanzos al que no le faltaban un chorizo y unos buenos ejemplares de magra, pollo, repollo y tocino. Pero también había sorpresas de esas que no te esperas en un bar de apariencia sencilla, como rabo de toro, conejo al ajillo, guisos con callos u oreja, hígado frito con cebolla, escabeche, torrijas, arroz con leche, tartas caseras, leche frita, dulces navideños,.. Y ante la posible duda de qué pedir nunca se fallaba con uno de cuchara. Todo hecho por una señora que podía ser la abuela de cualquiera de nosotros y a la que intención de ello como tal en la cocina no le faltaba. Ni en la cantidad de los platos, por la que el cocido llegó a ser entre nosotros como un medidor del buen saque que tenía cada uno.

El trato era bastante bueno. Un personal que era familia entre sí. El marido, la mujer, la hija, otra hija, el yerno, otro yerno,.. Solían servirnos con rapidez, sabían los gustos de cada uno de nosotros y sobre todo no molestaban. A diferencia de como hacían en El cucaracha, en El Valencia entendían a la perfección que íbamos a comer y sin ganas de dar explicaciones de cuántos íbamos a ir al día siguiente ni qué platos nos gustaría ver en el menú. Profesionalidad.

Pero ya contaban los compañeros que cuando conocieron el sitio se anunciaba que se ofrecía para ser traspasado, y aunque la intención parecía haber desaparecido, volvió o algo se le pareció, porque después de verano nos lo encontramos cerrado. Sin previo aviso. Un lunes fuimos y nos encontramos un cartel con la frase «cerrado por reformas». Lo primero fue creernos el mensaje. Sin embargo algo no pintaba bien. En los últimos meses sólo parecía que íbamos nosotros, una familia y algún parroquiano a enjuagar la taza del café con el brandy. Así que entre eso y que con el paso de las semanas del cierre no vimos la actividad que es de esperar con unas reformas, confirmamos las sospechas.

A día de hoy ya no hay cartel de reformas, pero sí algunas pintadas de los gamberros de turno y una mínima esperanza de reapertura porque el letrero parece haber cambiado. De manera que de momento a seguir vagando por los bares cercanos recordando lo que era comer como debe de hacerlo un caballero español.

Bar Valencia

Bar Valencia a 17/12/2013

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