Estudiantes con falta de adiestramiento

Con lo que sucedió ayer entre unas fieras y el Rector de la Universidad Complutense de Madrid [elmundo.es] me he convencido de que la falta de doma que tenemos la juventud de ahora ha llegado también a las universidades.

¿Qué estudian los salvajes esos que gritaban fascistas mientras zarandeaban e insultaban a alguien que piensa distinto a ellos? Espero que por el bien de sus futuros no sea Derecho, ni Ciencias Políticas ni carreras por el estilo, porque no tienen educación pero tampoco ni puta idea de lo que dicen por esas bocas. Yo creo que con expulsarlos no sería suficiente, habría que enviarlos de vuelta al colegio, ni si quiera al instituto, a que aprendiesen a expresarse como personas civilizadas y no como la fauna que habita en la jungla.

En todas las universidades cuecen habas, en la mía también, y no por ello montamos esos escándalos. Lo más parecido que recuerdo son las protestas de los cuatro típicos que apuntaban maneras de que iban a criar nietos estando aún en la universidad cuando pusieron lo de Sistemas de Defensa. Sin tener ni puñetera idea del temario del par de años de eso, se descolgaron por los patios poniendo pancartas y haciendo manifestaciones de cuatro gatos. «Sistemas de Defensa» suena a defenderse, que precisamente las asignaturas no eran de fabricar armas, sino de protegerse contra ataques.

Pero la universidad se le olvida a muchos que también educa, además de enseñar conocimientos. Aunque luego sepas que pocos te van a servir para la vida laboral, pero la educación sí que te va a valer allá donde vayas. Y alguien supongo que le habrá explicado a esta banda de salvajes, que debieran ya saberlo, que la universidad tiene su vía de tramitar quejas. Pedir hablar con alguno de los vicerrectores con el propio rector, hacer uso de los buzones de sugerencias, hablar con las delegaciones para que las quejas tengan mayor amparo,.. Y ya cuando eso no funciona pues se intenta llamar la atención de los medios de comunicación para que se difunda la protesta, o incluso se intenta llegar a un juzgado. Pero nunca se recurre a la ley de la selva, aunque tentaciones las tengamos todos.

Al margen del asunto universitario, las otras noches salía paraguas en mano con mi madre del portón, y justo en ese instante vemos como de un grupo de cuatro chicos que estaban parados hablando uno se vuelve y tira un escupitajo al portón. Además escupitajo de esos cargados, de los que los ruidos previos lo delatan. Pues tras llamarles la atención tanto mi madre como yo —«oye, que eso luego hay que limpiarlo»—, que les tendría que haber dicho algo más fuerte como que se fueran a su pocilga particular a hacer esas cosas, nos miraron fijamente y siguieron ahí tan campantes, como si nada, como si pasaran de todo. Anda que no corríamos lejos nosotros cuando alguien nos llamaba la atención por cualquier cosa, que ya era suerte si no se enteraban nuestros padres. A mi me dieron ganas de darle un viaje al niñato con el paraguas, pero esas no son las reglas de la sociedad en la que vivimos, para bien o para mal.

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