La terrorista sentimental

Anteriormente he contado acerca de la misinda y de la coleccionista. Expertas en volverte loco, cada una a su manera, pero de maneras que todavía pueden ser más terribles. Si bien la misinda apenas es consciente de ello, la coleccionista lo sabe sobradamente, pero ambas tienen un ápice de piedad si se las compara con la terrorista sentimental. La prima canalla del terrorista sentimental del difunto blog de Irene Airmiles.

La terrorista sentimental, como las palabras que componen su nombre común indican, te produce un miedo muy intenso a nivel sentimental a perderla. Hasta la médula misma que te llega. No sabes cómo ni cuándo exactamente ha entrado en tu vida pero sí el día que consigas que salga de ella o se marche no sin antes darte un puntapié.

La terrorista sentimental lleva implícita una vida algo complicada de la que de primeras te tratará de proteger. Siempre. Te pondrá mil y pico excusas por las que es mejor que apenas la conozcas. Como si se tratase de una agente secreto, con la diferencia de que su peligro, aunque te lo disfrace, es que te va a manipular. Pero a ti te dará igual y caerás. […] (continuar leyendo)

La coleccionista

Todos conocemos a una. Incluso es posible que figuremos en su «colección», lo sepamos o no. Maestra en el manejo de los tiempos y el saber estar sin dar demasiado. Artista de crear adicción con su táctica del una de cal y otra de arena. La coleccionista.

La coleccionista puede irrumpir en tu vida de muchas maneras. Amaño, sorpresa, amistades en común, trabajo, aburrimiento,.. Da igual el modo, porque se hará notar e impactará contra tus sentidos. Ya sea con tintes ácidos y desafiantes o agradables y cercanos, está programada para pisar bien sin importar el tamaño de sus tacones y lo sabe. Te dejará huella, no lo dudes. Para irrumpir es lo contrario de la misinda.

La coleccionista sabe […] (continuar leyendo)

La misinda

Inspirado en reflexiones como las de #SeñorasQue analizan al terrorista sentimental, yo podría compartir la de «la misinda». Una manera como tantas de denominar a ese tipo de mujer del que todos conocemos gran cantidad de ejemplares y que nunca estamos a salvo.

La misinda es esa clase de mujer, aunque a veces puede que sin clase, que aparece precisamente en un día en que necesitas ser escuchado o tener una pausa en tu rutina. Con unas palabras cariñosas adornadas de risas ñoñas, miradas de comprensión y voz dulce irrumpe en tu vida despertando en ti una llamativa complicidad. Resulta a su vez como un oído generoso y paciente que sabe escuchar como nadie pero con una boca que sabe callar como menos aún. Porque ella siempre evitará hablar de sí misma.

La misinda te invitará a que le cuentes tus problemas y pensamientos sin apenas manifestarte opinión alguna. Y si de verdad quieres que se calle invítala a que te hable de sí misma, de su vida, de su pasado, de sus planes, de sus desamores. Con ella no descubrirás la riqueza del español, porque para evitar contestar a lo planteado dirá «no sé» o cambiará a un rostro triste acompañado de un «prefiero no hablar de ello». Y entonces erróneamente caerás en su red […] (continuar leyendo)

Problemas y aburrirse

En las últimas semanas me ha venido al recuerdo varias veces aquella entrada sobre la película Las reglas del juego. Un título tan abierto y concreto a la vez. Alguien me cuenta que nadie le quiere, otro alguien que pasa totalmente del sexo opuesto, otro alguien que está herido y uno y no más, otro alguien que se siente utilizado,.. Y tienen en común más de lo que pudieran pensar, pues niegan lo que como pocas veces han ansiado: correspondencia.

Pero desear correspondencia tiene el mismo problema que cualquier otra cosa que se anhele: desesperación. Y la desesperación es de esas alteraciones que entran en un bucle infinito, que además se retroalimenta. Asimismo, como esté originada por asuntos de sentimiento y/o ebullición de hormonas, apaga y vámonos. Mas al margen del dicho de «un clavo saca a otro clavo», es imprescindible querer salir de ese círculo. De ese camino sin fin. […] (continuar leyendo)

Cuestión de prioridades

Se podría llamar priorizar o también administrar, gestionar, etc. Esa manera que se tiene de organizar cada ente por un orden sin el cual el deber quede sin cumplir. Con el que intentar cubrir todo lo necesario causando a cualquiera de dichos entes el menor de los perjuicios posibles. Pero nadie dijo que fuera fácil.

Así como en otros ámbitos, cuando no se tiene qué organizar se ansía entonces tenerlo. Cuando no se es jefe en algo se desea serlo. Aunque no haya dinero, pero se dirige. Se manda. El erotismo del poder. Pero también se adquiere una responsabilidad que conlleva saber priorizar. Un cometido que se complica de sobremanera si incluye personas.

Hace años una persona me dijo que priorizaba y que yo también debiera de hacerlo. Se refería a la vida social. Al tener algo concertando en la agenda semanas atrás y sustituirlo por algo repentino unas horas antes sin que en esto último fuera la vida. Pero esa persona sabía y sabe hacerlo de perlas. Explicarlo de una manera brillante, sencilla y sutil. Con excelente diplomacia. Buscar alternativas. Sabe priorizar y cómo aplicarlo.

Sin embargo abundan las personas que de eso no tienen ni idea o ni les importa lograr tenerla algún día. Aunque sea lejano. Sujetos de los que hasta se pueden llegar a tener serios indicios de que juegan con semejantes y/o tienen el sensor del decoro severamente averiado. Expertos en volcarse según sople el aire ese rato o bullan las hormonas en otorgar prioridad alta a algo en absoluto vital y obviar todo lo demás. Obviarlo de prioridad ni media, ni baja ni muy baja. Lo que en informática se llama idle. Para cuando se aburran, hablando claro.

Ante estas situaciones no queda otra que saber responder también con la prioridad de cada cual. Olvidando posibles rencores y venganzas. Sin odio, que es un sentimiento y no digno de cualquiera. Con claridad, educación y saber estar. Obligatorio no olvidar el amor propio tampoco. No ya por dar una lección, sino porque somos así. Respetamos y nos dejamos respetar.

Diario de Navidad (ii)

Me despierto cuarenta veces desde la noche anterior y vuelvo a intentar dormirme una y otra vez. No hay manera. Para arriba. Suena el teléfono. Andrés me ha enviado varios mensajes para planear la noche y yo sin saberlo. Barceló mismamente, le digo. Sabe que como sea el Capitán Morgan de la otra noche les rompo la botella en la cabeza. Ganduleo oyendo unos charts para estar animado. Mando tropecientas difusiones por Whatsapp con los típicos mensajes ingeniosos de la época. Ceno. Uvas. Zapatos, correa y guantes a juego. Arreglado pero sin traje. Tiramos para la primera parada de nuestra larga noche. El mítico chino. En Príncipe de Asturias nos convidamos y saludamos a unos a otros. Me siento mayor entre tanta falda alta y escote bajo. El Cuco aparece para hacer unas de sus cucadas, se marcha y aparece un amigo suyo que creía que estaba con nosotros. Pues ya que estás quédate, que te sacaremos punta. Cambiamos a la Cuesta de la Baronesa. De camino unas gitanillas con aspecto acalorado en la puerta de Santa María retan a bailar a un amigo y allá que él obedece. Como aparezcan sus cuarenta primos ya correrás más de vuelta. Muchas más caras conocidas y de edades similares. Menos crías y más señoritas. Saltamos de un lado a otro y acabamos con unos amigos que llevan a alguien que no conozco que empieza a hacerme terapia del amor. Psicólogo para variar, aunque gracioso. En nada están cerrando los locales, de a los que ninguno he entrado aún. Emigramos al Telar. Esta noche sí que lo pillo abierto aunque con cola. La música parece de lugar popero, pero ponen el Hey girl hey boy de los Chemical […] (continuar leyendo)

Diario de Navidad (i)

Me despierto a no sé ni qué hora. Mi reloj digital sustituto desde hace casi un año del de agujas al que sigo sin buscarle correa marca las 1231. El tren a las 1629 en Chamartín. Me sobra tiempo. Para el sablazo de billete en primera —y enfrentado— que he encontrado más me vale no perderlo. Quiero salir por Cartagena. En un parpadeo intento hacer memoria de lo que ha sido la semana. Combinando trabajo con planes cada tarde-noche de despedida navideña no he estado con la almohada más de cinco horas ninguna noche. Noches variadas y diferentes. Cenas modernas y tradicionales, concierto de jazz en El Junco, copas de caballeros en el café del Príncipe, risas con señoras por Malasaña, más cafés por Malasaña, comidas. Necesitaba darme una noche y esa fue ayer —viernes 21.

El reloj muestra ahora las 1245. El tiempo está empezando a volar. Respingo de la cama. Desayunar, ordenar, elegir qué se viene y qué se queda —estos vienen [0]—, limpiar, comer, revisar que no se olvide nada conectado innecesariamente. Las 1556. El tiempo ha volado inexplicablemente. El taxista se lía maniobrando pero consigue dejarme en Chamartín en tiempo récord. Las 1624 mientras me sellan el billete al lado del tren. Date prisa que me cierran las puertas a las 1627. Busco el coche 2. Locomotora, 3, 4, 1 —¡pero esto qué es!— y entonces […] (continuar leyendo)