El Valencia

No era el mejor bar, pero era un buen bar. «Bar Valencia». De los familiares, de clientela habitual, de trato personalizado, de distancias medidas, de servicio rápido y sobre todo de comida como en casa.

Hace casi dos años que mis por aquel entonces nuevos compañeros me invitaron a irme con ellos a la hora de comer. Que iba a comer genial, me decían, y tuvieron más razón que un santo. Me adentraron por las calles del barrio hasta llegar a un bar que hacía picoesquina. Entramos directos al fondo, hacia un pequeño comedor, como si el lugar donde sentarnos estuviera escriturado a nombre y apellidos del ahora amigo de La Senda del Crecimiento. Una estancia presidida por una pizarra que durante tantas semanas anunciaría cuatro primeros platos, cuatro segundos y una variedad de postres adaptada a la época del año. Todos culpables de que al tiempo mi señora madre me dijese «te noto la cara más ancha».

Cada día solía tener algún que otro plato propio. Los lunes por ejemplo […] (continuar leyendo)

Más de hacer y menos de decir

Este pasado fin de semana fue de los de hacer de todo un poco y parar aún menos. Pero a raíz de tertulia asiático en mano, dilucidar en la cafetería del tren, unos cuantos tuits y leer los siempre directos artículos de Lola Gracia (como el Corazón cínico) le he estado dando vueltas a lo que antes era perder el sentido por alguien y a lo que es ahora. A que como leí en un azulejo en casa de un amigo «para torear y casarse hay que arrimarse».

Los que no lo vivieron quizás nunca lo sepan y los que sí lo hicimos no lo repitamos, pero hasta no hace tanto hubo un tiempo en el que éramos más de hacer y menos de decir. Más de imaginar con la ilusión de que convirtiese en plan y menos de fantasear y olvidar al pulsar un botón.

El valor y el riesgo podían empezar llamando al número de teléfono de la casa de una chica y descolgándolo su padre, interrogándote la madre […] (continuar leyendo)

Donde acaba tu libertad

Empieza la mía. En ese preciso sitio es donde acaba tu libertad. Porque lo digo yo. Y me da igual si lo dictamina un juez —mangoneado o no por el poder político—, un mediador, el patriarca o incluso mi santa madre.

Si mañana te coloco en la portada de alguna revista en cueros y dándole al fornicio con tu señora, que sepas que estoy en mi derecho de la libertad de dibujar y publicar.

Si convoco a unos periodistas —imprescindible que lleven cámaras— y le meto fuego a tus fotos y grito muerte a tu nombre completo, que sepas que estoy en mi derecho de la libertad de uso del mechero.

Si vas por la calle y te lanzo unas tartas, o si te llamo de madrugada amenazándote o si te bombardeo el móvil con injurias —siempre y cuando no seas mujer— que sepas que estoy en mi derecho de la libertad de gastar bromas.

Si se te ocurre reaccionar a los tartazos y me atacas las partes nobles con la punta de los tacones, que sepas que estoy en mi derecho de la libertad de pedir que te apliquen el garrote vil en público porque has puesto en peligro mi futuro como padre.

Si […] (continuar leyendo)

Móvil en mano

No has atravesado la puerta de salida del trabajo y ya lo llevas en la mano. Estás mirando su pantalla de refilón a la par que te despides de la gente. Es tu teléfono móvil, o lo que queda de ese concepto detrás de una pantalla enorme repleta de iconos de un montón de aplicaciones sin las que ya no eres consciente de que la vida sigue.

Centrado en ir avisando de que te vas a retrasar, porque ya es normal llegar tarde mientras lo anuncies en las redes sociales, vas cruzando calles. Rara vez respetas ya los pasos de cebra, pero hoy casualmente has parado en uno hasta que un vehículo se ha detenido, cuyo conductor va pendiente de cuándo fue la última conexión de WhatsApp de la chica que le da calabazas.

Camino de la boca de Metro más cercana, […] (continuar leyendo)

La raclette

Si tengo un plato valeisan favorito, y suizo por ende, es la raclette. Un plato muy sencillo de hacer que suele gustar a todo amante del queso y repeler a quien odia su olor. Aunque para probarlo en todo lo suyo tengo que advertir que como en una casa en mitad del Valais no se come en ningún sitio.

Valle de Hérens desde Hérémence. Valais.

Valle de Hérens desde Hérémence. Valais.

[…] (continuar leyendo)

Selecciona a un tío

A la vuelta de las vacaciones de verano nos vino un compañero hablando de una web donde un amigo suyo había conocido a chicas interesantes. Nos juró y perjuró que el concepto de interesantes se refería a gente normal y con conversación, pero no acabamos de creérnoslo y menos cuando dijo el nombre de la página: adoptauntio.es. Pero uno, yo, que tiende siempre a prejuzgar erróneamente, decidió probarlo por sí mismo.

Con las tribus que merodean por Badoo el listón ya estaba bastante alto. Además de que esta web aparentemente funciona de otra manera. Las chicas son quienes mandan. Ellas reciben hechizos de ellos —que disponen de una cantidad diaria limitada— y deciden si les interesan o no, si les permiten escribirles o no. Además, hasta la fecha no hay manera de disfrutar de más funcionalidades a cambio de dinero, aunque acaba de aparecer la posibilidad de aumentar el límite diario de hechizos a cambio de invitar amigos a la web.

¿La gente es más tratable que en otras páginas? […] (continuar leyendo)

La posesiva

Hay quien puede volverte loco adrede fruto de un plan preciso, como la terrorista sentimental. También hay quien te puede traer de cabeza y sin apenas tener idea a pesar de su compleja mente, como la misinda. O incluso enfrascar en su amplia despensa de personal, como la coleccionista. Pero también puedes sufrir por buenas intenciones, aunque excesivas, como las de La posesiva.

La posesiva siempre suele aparecer en unas condiciones que invitan a pensar bien, a mera amistad, a sinceridad. Un novio que la lleva por el camino de la amargura flirteando con otras, un grupo de amigas en el que cada una va a lo suyo, unos padres que mete voluntariamente hasta en la sopa. La chica perfecta con el tipo equivocado, pensarás al principio. Pero es una amiga a la que respetas, aunque ella no lo entienda bien.

La posesiva empezará a verte más y más. A partir de un día dejará de mencionar a su novio tan canalla. Como si éste no existiese, de repente te verás metido en su casa y saludando a los padres que muy bien sabían de tu llegada aunque tú habías pensado que sólo entrábais a coger algo de abrigo. Encerrona. […] (continuar leyendo)