Este pasado fin de semana fue de los de hacer de todo un poco y parar aún menos. Pero a raíz de tertulia asiático en mano, dilucidar en la cafetería del tren, unos cuantos tuits y leer los siempre directos artículos de Lola Gracia (como el Corazón cínico) le he estado dando vueltas a lo que antes era perder el sentido por alguien y a lo que es ahora. A que como leí en un azulejo en casa de un amigo «para torear y casarse hay que arrimarse».
Los que no lo vivieron quizás nunca lo sepan y los que sí lo hicimos no lo repitamos, pero hasta no hace tanto hubo un tiempo en el que éramos más de hacer y menos de decir. Más de imaginar con la ilusión de que convirtiese en plan y menos de fantasear y olvidar al pulsar un botón.
El valor y el riesgo podían empezar llamando al número de teléfono de la casa de una chica y descolgándolo su padre, interrogándote la madre […] (continuar leyendo)
